La cruzada albigense: El exterminio de un pueblo signado por la ¿herejía?, los cátaros
Escrito por: Joaquín Toledo, especialista en historia del mundo, con amplia experiencia en investigaciones sobre Guerras y Conflictos mundiales
Hacia el siglo XIII de nuestra era, el reinado absoluto del poder de la Iglesia Católica en Europa no consentía sombra alguna. En una época de profundo o quizás fanático sentido religioso y marcada intolerancia, las doctrinas nuevas y cualquier otra interpretación diferente a la cristiana era considerada herejía. Desde las tierras del Languedoc, al sur de Francia, se concentró una nueva postura maniqueísta (los cátaros o albigenses) cuyo símbolo (la Cruz de Occitania) y su creencia en la generación del mundo gracias a la obra de una deidad diabólica (el demiurgo) causó tal conmoción en el seno eclesiástico que motivó incluso la aparición de un tribunal brutal y severo hasta la crueldad: La Santa Inquisición.
Tal como apuntan los estudiosos de este extinto movimiento, los cátaros extrajeron sus ideas fundamentales probablemente de Europa Oriental, cuna de tantas ideologías censuradas por la Iglesia occidental. Traída por las rutas comerciales y el forzado choque cultural entre Asia y Europa después de las cruzadas, los cátaros (cuyo nombre significa “puros”) fueron quizás una suerte de acumulación de ideas de doctrinas heréticas anteriores, sobre todo de los paulicianos o bogomilos, de quienes se sabe tuvieron acercamientos. Pese a la casi completa desaparición de sus libros sagrados, cuya pérdida deploran los doctos, sí puede establecerse grosso modo los lineamientos generales de su fe. Establezcamos entonces la pregunta ¿Quiénes eran los cátaros?
Las primeras referencias aparecen alrededor del año 1012 en la región de Occitania, sur de Francia. Considerándose los únicos cristianos “puros” o “perfectos”, su doctrina estaba marcada por la concepción de un mundo creado bajo una simbología dual, es decir, de un principio doble en el que alternaban tanto el bien como el mal. Uno de ellos, el estigmatizado por el dominio del mal, era este mundo terrenal, obra perversa de un ente malévolo (demiurgo o Satán) que anhelaba arrastrar a los hombres en el caos, la confusión y la crueldad; explicándose así el por qué este mundo solía ser tan problemático. El otro mundo, el excelso, era el gobernado por Dios, la forma más elevada e innombrable situado en lo más alto. De ese mundo provenía el alma humana inmortal, mancillada por el pecado original una vez poseído nuestro cuerpo, su morada temporal.
El alma, contaminada por los yerros y voluptuosidades de la vida humana, no podía regresar a su hábitat natural, el cielo, a menos que el hombre alcanzara el máximo conocimiento espiritual. Y para ello, debía hacerse “puro”, perseverante al mensaje de hermandad y amor al mundo tan ajeno especialmente a su clase dirigente, la Iglesia, cuya ambición y mal comportamiento habían superado todo lo permisible. No sin razón, los cátaros despotricaban contra el clero, una autoridad cuya decadencia moral, apetito y riqueza eran sumamente dispares con los ideales que osaba predicar. Sin embargo, su definitivo quiebre con la iglesia Católica provino de su negativa a creer en la “humanidad” de Jesús, un símbolo que a su criterio sólo poseyó un alma feliz y perfecta atrapada en un cuerpo muerto y resucitado, cuyo máximo valor fue brindar conocimiento a los seres humanos, justamente lo que ellos también deseaban hacer.
Un problema urgente: Los cátaros:
Muy pronto este movimiento acuso la adhesión de centenares de personas y muy pronto, su número ascendió a miles, sobre todo en el campesinado, harto de pagar diezmos a la Iglesia que de “voluntarios”, sólo tenían el nombre. Su don de gentes, su piedad y solidaridad atrajeron incluso a la nobleza y cautivó inconfesadas simpatías de muchos sacerdotes católicos, fastidiados de la opulencia escandalosa de la Iglesia en Roma. Divididos en dos grupos (los perfectos o ascetas y estudiosos, y los creyentes, simpatizantes de la doctrina) su expansión indetenible preocupó tanto a la Iglesia Católica que pronto los tomó como asuntos de Estado.
Las razones eran varias, y no necesariamente religiosas. Mientras se mantuvo en un estricto orden místico, la lucha de la Iglesia Católica contra éstos fue similar a las mantenidas con otros pueblos heréticos: Enviar misioneros (participando incluso el excelente orador y fraile cisterciense Bernardo de Claraval) para evangelizar la zona y construir Iglesias para acentuar su figura. Los papás Eugenio III, Anastasio IV y Adriano IV, lo intentaron reiteradas veces y aunque sin éxito, la lucha se mantuvo siempre en estrictos terrenos espirituales. Muy pronto, ésta condición cambiaría cuando gracias al contacto con ellos, pudieron entender mejor su propuesta. Fue allí cuando se desató la ira y la preocupación eclesiástica: Los cátaros eran un atentado no solamente contra la fe, sino contra la sociedad católica misma. Veamos por qué.
De acuerdo a la cosmogonía cátara, los hombres, que vivían en el mundo del mal, no podían brindar ningún tipo de juramentos y mucho menos, tomar el nombre de Dios para castigar el mal. En una sociedad mayormente analfabeta como la medieval, donde los tratos políticos u económicos se hacían en base a la palabra, esta cuestión fue muy importante porque el juramento de fidelidad de los hombres era clave para cualquier acuerdo. Esta práctica, que desconocía por deducción el poder de la Iglesia, se sumó a otro principio novedoso: La inclusión de la mujer. Los cátaros, a diferencia notable con los católicos, no hacían ninguna distinción de sexo y estimaba que todos podemos alcanzar el liderazgo y la iluminación en base a nuestras cualidades. En 1179, temiendo el enorme peligro de esta nueva secta, el papá Alejandro III exhortó a los nobles a tomar las armas para combatir a los herejes. Ese mismo año, el ejército reunido bajo el mando de Enrique de Albano, tomó la fortaleza cátara de Lavour pero nada cambió. El catarismo crecía más y más.
El avance imparable de este movimiento albigense ya había establecido sus núcleos alrededor de los condados de Agen, Albi, Carcasona y Tolosa (el Languedoc francés bajo influencia de la estirpe occitana) Cuando la Iglesia intentó penetrar en esos dominios, los señores feudales naturalmente, no brindaron su consentimiento pues al fin y al cabo, esas eran sus tierras. Ante esa imposibilidad, y sublevado por la creciente popularidad cátara, vanos fueron los intentos de los papás siguientes (Lucio III, Urbano III, Gregorio VIII, Clemente III y Celestino III) por erradicar esta molesta plaga doctrinal. Tan amenazante eran las circunstancias para el papado, que Inocencio III, que llegó al poder en 1198, escribió a sus obispos sendas cartas en las que los instaba a castigar a los herejes cátaros “por todos los medios disponibles”.
“Matadlos a todos, que Dios reconocerá a los suyos” (Arnaud Amalric)
Es allí cuando nace una institución que para deshonra de la Iglesia Católica, provocó desde su creación una larga lista de asesinatos y exterminios colectivos: La Inquisición. Creada justamente para combatir a los albigenses, Inocencio III designó como legados papales a Raúl de Fontfroide y Pierre de Castelnau, con la misión de predicar contra la herejía. Al año siguiente se les uniría como legado papal el temible y fanático inquisidor Arnaud Amalric (llamado también Amaury en otras fuentes). La ofensiva que pensaba emprender la Iglesia en la zona (similar a las anteriores cruzadas), motivó que el rey Pedro de Aragón, aliado de Raimundo VI, conde de Tolosa y con intereses territoriales en la zona, buscara conciliar infructuosamente ambas partes. En 1204, reunidos en la ciudad de Beziers, el acuerdo fue nulo, de modo que se reanudaron las hostilidades.
Raimundo VI, conde de Tolosa, consciente del enorme peligro de una cruzada en sus tierras, buscó inútilmente evitar la excomunión reuniéndose en enero de 1208 (en la abadía Saint Pilles) con Pierre de Castelnau, legado papal. Sin embargo, el curso de los hechos adquiriría un tono dramático con la muerte de Castelnau, muerto a la salida de aquella reunión. Sospechoso Raimundo VI de ser el autor intelectual de aquella muerte (se ignora aún si esto fue así) el 9 de marzo de 1208 Inocencio III escribe una carta furibunda y sentida a la nobleza europea para convocar una cruzada contra los cátaros. La adhesión fue gigantesca. Más impulsados por la ambición que por los ideales religiosos (Inocencio III les prometió el dominio de las tierras que conquistaran) la nueva cruzada contaba con 30,000 hombres, dirigidos por Arnaud Amalric y el noble Simón IV de Montfort. El rey de Francia, Felipe Augusto II, no participó en la contienda.
La crítica situación, aumentadas por su evidente debilidad, obligó a una reunión de emergencia entre los condados afectados. Ramón Roger Trencavel, vizconde de Albí, Béziers y Carcasona fue nombrado líder principal de la defensa de los cátaros, quienes por su doctrina, no deseaban pelear. El primer acto se daría el 21 de julio de 1209 en Béziers, uno de los principales focos herejes. La matanza fue espantosa. Cerca de 8,000 personas, entre cristianas y cátaras, fueron muertas sin misericordia. La barbarie de quienes se suponen hombres de Dios tuvo un efecto devastador en la resistencia, que cedieron dócilmente sus castillos y fortalezas a cambio de asegurar la integridad de los nobles. Sólo Carcasona ofreció verdadera tenacidad. Ramón Roger Trencavel, al mando de la ciudad, tuvo que sufrir un terrible asedio que fatigó todas las fuerzas vivas del lugar, pero claudicó rendirse.
Luego de semanas de asedio, y tras la no esclarecida muerte de Trencavel, la ciudad finalmente se rindió. La capitulación de esta ciudad afloró la ambición de los señores feudales que deseaban quedarse con aquellas ricas tierras. Simón IV de Montfort, favorecido por el poder papal, era al parecer quien tenía las de ganar. No obstante, la humillación de Raimundo VI de Tolosa, señor de las tierras del Languedoc, frente al Papa, evitó la pérdida de sus tierras. Como no cesaron las reclamaciones de Montfort, el rey Pedro de Aragón, protector del Conde Tolosa, le declaró la guerra, enfrentándose finalmente en la famosa batalla de Muret (12 de septiembre de 1213), que culminó con derrota aragonesa y muerte del rey. Raimundo VI, abandonado a su suerte, debió exiliarse en Cataluña (España)
Exterminio del pueblo cátaro
Tras la muerte de Inocencio III y Simón de Monfort (asesinado por Raimundo “El joven”, hijo de Raimundo VI de Tolosa), la calma había tornado momentáneamente a la región y los dueños anteriores recuperaron sus terrenos. Empero, la Iglesia, que si bien deseaba evitar mayores disputas territoriales, anhelaba eliminar el problema cátaro, ordena a la Inquisición una nueva ofensiva. Los testimonios de los abusos, exacciones e injusticias de sus delegados en el sur de Francia, alimentaron incluso el resentimiento de quienes eran cristianos, doblegados ante tal insanía “supuestamente” en nombre de Dios.
A más de 30 años de los primeros movimientos anti-cátaros, todavía quedaban zonas de amplia influencia hereje. Una de ellas era el Castillo de Montsegur, una fortaleza inexpugnable que servía de refugio y templo de oración perteneciente a Esclaramunda de Foix, hermana de Ramón Roger, el líder cátaro muerto en Carcasona. En 1243, tras la decisión del Concilio de Beziers en pro de la destrucción de Montsegur, un ejército de 6,000 hombres al mando del senescal Hughes de Arcis, se apostó frente a sus bien protegidas murallas. Los 300 cátaros que quedaban, como ocurrió años atrás, renuncian a pelear, siendo defendidos finalmente por Ramón de Péreille, señor del castillo y por Pierre Roger de Mirepoix, además de 150 soldados y algunos voluntarios.
La toma del Castillo es sumamente difícil. Protegido por una escarpada montaña, y abastecidos de alimentos por túneles secretos, la obstinación sólo es vencida tras casi un año de intentos. Hughes de Arcis, para su fortuna, puede encontrar la forma de sobornar a algunos pobladores locales por información sobre cómo ascender a la fortaleza y con la instalación de catapultas, logra su cometido. Los cátaros, viendo que no hay salida para su situación, deciden negociar su rendición.
Fue el último día de su existencia. Hughes de Arcis, tras perdonar a los defensores del castillo, deja a los cátaros celebrar el consolamentum (consuelo) o preparación a la muerte, único sacramento que conocen. Tras 15 días de reflexión, los cátaros salen del castillo. El 16 de marzo de 1244, 225 cátaros, con su maestro Bertrand Marty a la cabeza, son quemados vivos en la hoguera. Si bien el eco de sus doctrinas perduró en algunos minúsculos grupos del lugar, su práctica se hizo cada vez más escasa y aún en bosques secretos, altas montañas o cuevas subterráneas, la persecución de la Inquisición fue implacable. Hoy, fuera de un par de textos sagrados, el Rituel cathare de Lyon y el Nouveau Testament en provençal, no queda más de este pueblo, aniquilado por el fanatismo y sin ser injustos, por una fe impracticable en la caótica conformación de este mundo.
Fuente: http://historiamundo.com/?p=208
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